EL VIAJE DEL MES: NATALIA EN LAS MARQUESAS (NUKU HIVA)

Estas islas no tienen nada que ver con lo que estamos acostumbrados a ver en Polinesia. Aquí, en el fin del mundo, no hay fantásticas playas de arena blanca por doquier, ni se está rodeado de grandes y lujosos hoteles…Aquí, uno se da cuenta poco a poco, a medida que transcurren las horas, que sin querer el aura mística de esta isla, te rodea y te invade, dejando en ti un recuerdo inolvidable… el saber que has estado por donde pocos han pasado, un lugar que por suerte todavía mantiene ese fuerte magnetismo con todos los elementos de la naturaleza, un lugar donde todavía hay armonía.

La primera tarde fue libre, algunos estuvieron tomando algo en el propio hotel, relajándose y admirando el paisaje, y otros en cambio, estuvimos haciéndonos un tatuaje marquesino (que mejor recuerdo que ése), hecho por un profesional de la propia isla. Lo organizó todo Candice, y fue perfecto, era un tatuador estupendo. No es de extrañar, pues allí los tatuajes se consideran un arte y están presentes en la vida de todos los habitantes. Cada individuo tiene sus propios tatuajes con un significado concreto y personal.

En toda la isla no hay ningún tipo de animal peligroso, solo hay pájaros, cerdos, vacas, cabras y caballos. Dicen que los caballos marquesinos son descendientes de la raza española ya que en estas islas no había caballos hasta la llegada de los españoles. Gracias a Dios, esas islas no tuvieron interés para los conquistadores españoles de la época, porque la riqueza de las Marquesas reside en la diversidad de plantas, árboles…etc, no se ha encontrado ni oro, ni diamantes, ni nada por el estilo… si no …la historia se hubiera escrito de otra manera.

Cuando estás en estas islas puedes considerarte afortunado porque estás en lo que se considera la cuna de la civilización maorí del triángulo polinesio (Polinesia francesa, la zona de Nueva Zelanda y pequeñas islas de los alrededores, e Isla de Pascua), porque se dice que los primeros pobladores de toda esta zona, eran antiguos guerreros marquesinos que zarpaban con pequeñas embarcaciones provistas de comida, y de sus propias familias, para que cuando llegaran a algún nuevo lugar pudieran poblarlo y así hacerlo suyo. Tal hecho se hace visible cuando estas en cualquiera de las islas del archipiélago de la Sociedad y comentas a alguna persona de allí que vas a ir a las Marquesas, en ese momento ves como se sorprenden y rápidamente te dicen que ellos son de aquella isla o que tienen familia en aquella otra.

Al día siguiente estuvimos todo el día de excursión y digo todo el día porque aunque sea una isla, no hay carreteras rectas, ni túneles que atraviesen una montaña, allí las montañas se rodean, y por eso, el tiempo que se tarda en desplazarse por carretera suele ser bastante.

Hicimos una parada en una tienda de artesanía marquesina para realizar algunas compras. Había diversos objetos de madera, collares y pulseras hechos con semillas, pinturas…Todo tenía un precio fijo y suele ser bastante caro. No es barato comprar en estas islas tampoco.

Durante la excursión hicimos varias paradas panorámicas. Entonces te das cuenta de lo abrupta que es la isla y de su belleza natural e intacta.

Paramos a comer en un restaurante familiar de un pueblo vecino donde comimos bastante bien y en abundancia. Podíamos escoger entre dos platos; unas gambas con arroz y salsa de curry o una especie de plato combinado marquesino con gambas, pollo y pescado a la brasa junto con una especie de patatas.

Después de comer, nos llevaron a un pequeño embarcadero. El grupo se dividió en dos para coger unas barquitas a motor que nos llevarían a la única playa de arena blanca de toda la isla. Fue muy excitante porque para llegar debíamos hacer un recorrido de más de media hora rodeando acantilados y luchando contra olas mucho más grandes de lo que nos esperábamos. Realmente fue un viaje muy movidito, en ciertos momento llegas a pasar un poquito de miedo porque la barquita da unos botes…

Yo personalmente me lo pasé genial y me reí un montón pero la verdad es que algunas chicas del grupo que se asustaron bastante porque creían que volcarían. Hay que tener en cuenta que estas islas no están rodeadas de ningún arrecife y que las olas son bastante bravas. Nos dijeron que esta excursión no se hacia si veían que era peligroso, dependiendo de cómo vean el mar y el viento. La parada en la playa es lo breve o larga que uno quiera, si no te gusta puedes pedirle al barquero que te lleve de regreso.

Después de esta experiencia nos llevaron a ver lo que yo califico, la zona más mística de la isla. Fuimos a ver los “marae” o lugares sagrados donde se realizaban bailes, ceremonias y sacrificios. La explicación con mucha suerte te la dan en inglés, porque de los chofer-guías que teníamos, solo uno sabía un poco de inglés. Es más fácil que te lo expliquen en francés. Nos llevaron a los que quisimos andar por en medio de esa especie de selva (que no fuimos ni la mitad porque había muchos mosquitos, y la gente se echó para atrás) y nos hablaron un poco de lo que se hacia en estos marae, que hacían con los muertos, con los que se portaban muy mal, nos enseñaron una especie de “piedroglíficos” (dibujos en grandes rocas), antiguos tisis, un árbol Banyan…

Fue muy interesante y el guía disfrutaba compartiendo con nosotros todo lo que nos decía acerca de la historia de su pueblo.

Y aquí acabó el día de excursión. Regresamos al hotel y durante la cena se ofreció un espectáculo de danzas típicas.